Territorio de Coahuila y Texas

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Ciudad Acuña, Coahuila, México | 26/03/2019


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LA CREACIÓN DEL SOL

Por Ramiro Gómez Caldera

(basado en una historia Nahua)
CHIAUTLAN, TEXCOCO. Cem Tochtli. Hubo una vez un tiempo en que todo estaba oscuro, había vida pero todo era frío, pero como los dioses no necesitaban ver por que todo lo sabían: dónde estaba esto o aquello, dónde vivía este o aquel, no notaban que hacían falta, que no había Sol ni Luna.


Solamente los humanos, los macehualis, sufrían con la oscuridad, temblaban, de frío y de miedo, no había sementeras, no había mas que yerbas amargas, líquenes para comer, de aquellas que crecían en la humedad y la oscuridad.
Los humanos, los nacidos con sacrificios, los macehualis, sufrían de bubas, de enfermedades, de hambre y melancolía por que el Sol, la medicina más efectiva para la tristeza, no existía.
Entonces los dioses fueron convocados allá en Teotihuacan y hubo conciliábulo, se hablaron entre ellos, qué planeta regiría este o aquel dios, qué lugar debería ser destruido, quiénes vivirían y quiénes morirían de las obras de sus manos.
No existía el Sol ni la Luna, los astros que sostienen y sustentan la tierra, por lo que los dioses decidieron crearlos, allá cuando se reunieron en Teotihuacan la llamada Ciudad de los Dioses.
Entonces los dioses emitieron un edicto, una bula, un decreto, una convocatoria, hicieron un llamado, para decidir, para saber, para invitar y conocer a quien se sacrificaría para transformarse en el Sol.
Solamente dos príncipes respondieron a ese llamado: uno muy rico y bien vestido, adornado con oro y jade, con algodón del más fino, con plumas preciosas, con coral rojo, acudió y pidió ser el Sol. Otro, lleno de bubas, este muy pobre, vestido apenas con adorno de papel, con vestidos de fibras de maguey, quien hacia sacrificios a los dioses punzándose con las puntas de las pencas del maguey, también pidió sacrificarse.
Entonces se encendió la hoguera, los dioses como testigos, sentados en sus equipales, frente a la hoguera sagrada, donde se sacrificaría el príncipe que debería trasformarse en el sol.
Y el príncipe más bellamente adornado, más rico, y más valiente, el vestido con oro y plumas preciosas, fue el primero, se acercó a la hoguera que ardía en lo alto de una pirámide, pero dudó, pues tuvo miedo. Este joven cuyos sacrificios eran con espinas de coral rojo, cuyas ofrendas eran del incienso más puro, se acercaba a la hoguera sagrada, una y otra vez pero enseguida se retiraba pues tenía miedo de quemarse.
Entonces tocó el turno del príncipe más pobre, el que tenia bubas, el vestido con fibras de maguey, con adornos de papel de amate, quien sin dudarlo se lanzó a la hoguera y salió trasformado al instante en el Sol.
Al ver esto, el otro príncipe convocado por el ejemplo del buboso, del pobre, también se lanzó a la hoguera sagrada, fue el segundo, pero también salio trasformado en un sol.
Entonces hubo dos soles, que no curaban sino que quemaban la vida en la tierra, no el Sol brillante y esplendente, el Sol que nos daría vida por toda la eternidad, sino dos soles que quemaban y hacían llorar.
Los dioses dijeron: esto no esta bien, que solo uno sea el Sol. Y entonces uno de ellos tomó una liebre de las orejas, la tomó de abajo de un matorral y la lanzó con fuerza a uno, el segundo sol, que se alejó de la tierra y apagó su fuego.
Y desde entonces las liebres tienen ese color pardo como quemado, como de ceniza, por que una se quemó en la superficie del sol, se quemó al golpear fuertemente a uno de los soles, lanzada por un dios.

Entonces fue que el buboso, el pobre se trasformó por auto sacrificio en El Sol, y el otro príncipe, el que dudó, el que tuvo miedo, fue transformado en La Luna, esto ocurrió allá en Teotihuacan en la hoguera sagrada.

Y hoy todavía la liebre se puede ver estampada en la cara visible de la Luna, desde esa fecha, desde el principio del tiempo en que los dioses decidieron darles a los humanos dos regalos, dos regalos de vida, que hoy llamamos el Sol y la Luna.


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