Territorio de Coahuila y Texas

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Ciudad Acuña, Coahuila, México | 26/03/2019


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Mujer que hablaba latín

(“Mujer que sabe latín ni tiene marido ni tiene buen fin”)
(homenaje)
Por Ramiro Gómez Caldera
Fresnillo, municipio de Zacatecas. Ella era morena aperlada, de pelo negrísimo, que escobeteaba con una cepillo de popotillos, y a veces se tejía dos trenzas. era integrante de la congregación Hijas de María Inmaculada, hablaba latín para decir una misa, era miembro de la sociedad de la Vela Perpetua, era parte activa de la Pía sociedad de las Sociedades Pías, está por demás decir que era catolicísima.


Él era blanco y rubio, le gustaba tomar, era mujeriego y jugador, peleonero, uno ochenta, alto y bien dado, ojos verdes, sonrisa sardónica, fuerte hasta decir basta! de tantas encinas que cortó a golpe de hacha para hacer carbón en la sierra, de tanto palear y arrastrar el cascajo, la mena, y la ganga para sacar el oro y la plata de las minas. Y no creía en nada.
Se conocieron y salieron chispas. Ella agachó la cabeza, él levantó una ceja. Y la siguió para saber dónde vivía. Supo que era hija de Don Salomé y de Doña Panchita y juró por el Santo Niño de Plateros que ella sería su esposa.
Ella se dio cuenta que la seguía el hombre mas guapo que la haya seguido jamás, y desde ese momento juró por el Santo Niño de Plateros que nunca sería su esposa, pues a un hombre guapo seguramente le sobraban mujeres y ella no quería ser una más.
Ella era la mayor de las hijas de Don Salomé Montañéz, un hombre rico, hacendado él, dueño de tierras y yuntas, de maizales y de bodegas atestadas de maíz y frijol, su casa era una cuadra entera entre Pánfilo Natera y Plateros.
Él era huérfano, la tristeza y el abandono le acompañaron siempre, vivió con un tío junto con su hermano menor y una hermana en Jerez, Zacatecas, y ya de grande fue a Fresnillo a trabajar en la mina.
Él la seguía todos los días, cuando ella salía a misa, parecía su sombra, pero nunca le decía nada. Cuando ella llegaba a la puerta de su casa y volteaba para ver hasta donde la había seguido, él se paraba en la esquina y haciendo un cuatro poniendo una pierna en la pared, sacaba un cigarro, lo prendía y empezaba a fumar viendo para otro lado.
Una día que ella volvía de misa, se le cayó el misal, curiosamente, y él se apresuró a levantarlo y dárselo. Se vieron a los ojos, ella sonrió y él levantó la ceja y apenas sonrió levemente.
Y no volvieron a verse en meses. Él viajó a Campeche por que había muerto un familiar que quería mucho y allá se quedó un tiempo de pescador, de estibador y por las tardes, cuando salía del descanso iba al Billar a jugar baraja.
Pero un día la extrañó, como se extraña aquello que no has tenido jamás. Y regresó a Jerez, y luego de un tiempo a Fresnillo a esa esquina a esperarla. Y ella salió a misa, a la iglesia que está a unos quince minutos a pie.
Lo vio y se paralizó como tocada por un rayo, y dejó caer el misal, él se acercó a ella, lo levantó y lo sostuvo en sus manos, ella extendió la mano para tomar el misal y él le tomó la mano.
Así estuvieron un siglo, o más. O tal vez un segundo. Ella lo miró a los ojos y sonrió, él levantó la ceja y la besó. Y se casaron por que así estaba escrito, Y por que el amor es así, caprichoso.
Él cambió, ella jamás. Tuvieron diez hijos, cinco hombres y cinco mujeres entre ellos la mayor, la niña más hermosa de Jerez, Calera, Fresnillo y puntos circunvecinos: mi madre.
Y vivieron sino felices para siempre, sí juntos hasta que la muerte los separó. Él murió en Fresnillo, Zacatecas, primero, y ella años después, en Ciudad Acuña, Coahuila. Y ella aquí y él allá, reposan para siempre en paz.


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