Territorio de Coahuila y Texas

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Ciudad Acuña, Coahuila, México | 18/02/2019


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EL SABIO TLAMATINIME

(dedicado a mi hermosa hija Nirce, quien me pidió una historia sobre México)

Por Ramiro Gómez Caldera

El sabio es una luz, una tea que no ahuma.
Suya es la tinta negra y roja, de él son los códices.
Él mismo es escritura y sabiduría.
Es camino, guía veraz para otros.

México, Tenochtitlan. XV Panquetzaliztli, 1 Tecpatl, Nahui Ollin. El sonido del huéhuetl retumbaba ya por toda la ciudad. Era de madrugada, el cielo aun estaba oscuro, las estrellas las más brillantes titilando en lo alto forman las constelaciones Itzpapalotl, Citlalxonecuilli, Tazcatlipoca y la Xiuhcoatl, que son nuestras cuatro constelaciones. Hacía frío, pero el Tlamatinime estaba cubierto con una tilma ligera, taparrabo de algodón blanco, y estaba mirando hacia el Oriente, en la cima del Templo Mayor, lugar solamente permitido a los altos sacerdotes, a la nobleza y a los Huey Tlatoani.


Había sido llevado ahí en andas pues como ocurría a diario en los últimos años, se levantaba muy temprano y antes de ir a almorzar a la casa del Huey Tlatoani tenía qué venir aquí a ver su ciudad, contemplarla desde lo alto, ver cómo había crecido, se había enriquecido y era la joya del imperio mexica.
Estaba oteando el horizonte en la cúspide del Templo dual, el más alto de la ciudad, con un adoratorio dedicado a Huitzilopochtli, el joven guerrero, el que obra arriba, va andando su camino, el Dios Solar, el Señor de la Guerra, con motivos rojos donde estaba él al sur, muy cerca el otro adoratorio al norte dedicado a Tlaloc el Señor de la Lluvia, lo que se distinguía por los adornos en el pretil de la edificación, de color azul.
Sabía todo sobre la ingeniería y los motivos arquitectónicos, religiosos, cosmogónicos del Templo Mayor, la altura, la anchura, cuántos escalones tenía, los taludes, cuántas veces había sido ampliado y remodelado pues él era el arquitecto de esta y otras grandes obras de la gran ciudad de México, Tenochtitlan.
Cómo no saberlo si él había creado el dios tutelar de los mexicas con una nueva versión del nacimiento de Huitzilopochtli, el Dios del Sol en lugar de Tonatiuh, a la vez que el Dios de la guerra al que estaba dedicado este templo.
Pues como sabía perfectamente, la religión es verdadera para el pueblo, falsa para los sabios y conveniente para los gobiernos.
Así que ordenó a los sabios tlamatinime y a los tlacuilos que desarrollaran una nueva historia de este Dios, historia que sería leída después en nuevos amoxtli (códices) como la única verdad.
Esta historia en la que se incluye a Coatlicue quedó así:
“En Coatépec, por el rumbo de Tula, había estado viviendo, allí habitaba una mujer de nombre Coatlicue.
Era madre de los Centzón Huitznáhuac y de una hermana de éstos de nombre Coyolxauhqui.
Y esta Coatlicue allí hacía penitencia, barría, tenía a su cargo barrer, así hacia penitencia, en Coatépec. Y una vez, cuando barría Coatlicue, sobre ella bajó un plumaje, como una bola de plumas finas. En seguida lo recogió Coatlicue, lo colocó en su seno.
Cuando terminó de barrer, buscó la pluma, que había colocado en su seno, pero nada vio allí. En ese momento Coatlicue quedó embarazada. Al ver los Centzon Huitznáhuac que su madre estaba encinta, mucho se enojaron, dijeron:
–“¿Quién le ha hecho esto? ¿Quién la dejó encinta? Nos afrenta, nos deshonra”.
Y su hermana Coyolxauhqui les dijo:
–“Hermanos, ella nos ha deshonrado, hemos de matar a nuestra madre, la perversa que se encuentra ya encinta. ¿Quién le hizo lo que lleva en el seno?”.
Cuando supo esto Coatlicue, mucho se espantó, mucho se entristeció. Pero su hijo Huitzilopochtli, que estaba en su seno la confortaba, le decía:
–“No temas, yo sé lo que tengo que hacer”.
Habiendo oído Coatlicue las palabras de su hijo, se tranquilizó. Y entretanto, los Centzon Huitznáhuac se juntaron para tomar acuerdo, y determinaron a una dar muerte a su madre, porque ella los había infamado. Estaban muy enojados, estaban muy irritados, como si su corazón se les fuera a salir. Coyolxauhqui mucho los incitaba, avivaba la ira de sus hermanos, para que mataran a su madre.
Y los Centzon Huitznáhuac se aprestaron, se ataviaron para la guerra. Y estos Centzon Huitznáhuac, eran como capitanes, torcían y enredaban sus cabellos, como guerreros arreglaban su cabellera. Pero uno llamado Cuahuitlícac era falso en sus palabras.
Lo que decían los Centzon Huitznáhuac, enseguida iba a decírselo, iba a comunicárselo a Huitzilopochtli.
Y Huitzilopochtli le respondía: – “Ten cuidado, está vigilante, tío mío, bien sé lo que tengo que hacer”.
Y cuando finalmente estuvieron de acuerdo, estuvieron resueltos los Centzon Huitznáhuac a matar, a acabar con su madre, luego se pusieron en movimiento, los guiaba Coyolxauhqui. Iban bien robustecidos, ataviados, guarnecidos para la guerra, se distribuyeron entre sí sus vestidos de papel, su anecúyotl, sus ortigas, sus colgajos de papel pintado, se ataron campanillas en sus pantorrillas, las campanillas llamadas oyohualli.
Sus flechas tenían puntas barbadas. Luego se pusieron en movimiento, iban en orden, en fila, en ordenado escuadrón, los guiaba Coyolxauhqui. Pero Cuahutlícac subió en seguida a la montaña, para hablar desde allí a Huitzilopochtli, y le dijo:
–“Ya vienen”-
Huitzilopochtli le respondió:
–“Mira bien por dónde vienen”.
Dijo entonces Cuahuitlícac:
–“Vienen ya por Tzompantitlan” .
Y una vez más le dijo Huitzilopochtli:
–“¿Por dónde vienen ya?
Cuahuitlícac le respondió:
–“Vienen ya por Coaxalpan”.
Y de nuevo Huitzilopochtli preguntó:
–“Mira bien por dónde vienen”.
En seguida le contestó Cuahuitlícac:
–“Vienen ya por la cuesta de la montaña”.
Y todavía una vez más le dijo Huitzilopochtli:
–“Mira bien por dónde vienen”.
Entonces le dijo Cuahuitlícac:
– “¡Ya están en la cumbre, ya llegan, los viene guiando Coyolxauhqui! ”.
En ese momento nació Huitzilopochtli, se vistió sus atavíos, su escudo de plumas de águila, sus dardos, su lanza-dardos azul el llamado lanza-dardos de turquesa. Se pintó su rostro con franjas diagonales, con el color llamado “pintura de niño”. Sobre su cabeza colocó plumas finas, se puso sus orejeras.
Y uno de sus pies, el izquierdo era enjuto, llevaba una sandalia cubierta de plumas, y sus dos piernas y sus dos brazos los llevaba pintados de azul. Y el llamado Tochancalqui puso fuego a la serpiente hecha de teas llamada Xiuhcóatl, que obedecía a Huitzilopochtli. Luego con ella hirió a Coyolxauhqui, le cortó la cabeza, la cual vino a quedar abandonada en la ladera de Coatépetl.
El cuerpo de Coyolxauhqui fue rodando hacia abajo, cayó hecho pedazos, por diversas partes cayeron sus manos, sus piernas, su cuerpo. Entonces Huitzilopochtli se irguió, persiguió a los Centzon Huitznáhuac, los fue acosando, los hizo dispersarse desde la cumbre del Coatépetl, la montaña de la serpiente.
Y cuando los había seguido hasta el pie de la montaña los persiguió, los acosó cual conejos, en torno de la montaña. Cuatro veces los hizo dar vueltas. En vano trataban de hacer algo en contra de él, en vano se revolvían contra él, al son de los cascabeles y haciendo golpear sus escudos. Nada pudieron hacer, nada pudieron lograr, con nada pudieron defenderse. Huitzilopochtli los acosó, los ahuyentó, los destruyó, los aniquiló, los anonadó. Y ni entonces los dejó, continuaba persiguiéndolos. Pero, ellos mucho le rogaban, le decían: – “¡Basta ya!”.
Pero Huitzilopochtli no se contentó con esto, con la fuerza se ensañaba contra ellos, los perseguía. Sólo unos cuantos pudieron escapar de su presencia, pudieron librarse de sus manos. Se dirigieron hacia el sur, porque se dirigieron hacia el sur se llaman Surianos, los pocos que escaparon de las manos de Huitzilopochtli. Y cuando Huitzilopochtli les hubo dado muerte, cuando hubo dado salida a su ira, les quitó sus atavíos, sus adornos, su anecúyotl, se los puso, se los apropió los incorporó a su destino, hizo de ellos sus propias insignias. Nadie apareció jamás como su padre”.
Esta era la nueva historia de Huitzilopochtli que él, el Tlamatinime pidió dibujar, escribir en los códices a los tlacuilos. “Pero ya basta de ello” – se dijo –, mientras veía que en la oscuridad se perfilaban entre las sombras al Oriente, las imponentes figuras de los dos grandes volcanes sobre el valle, los bosques y los lagos de México, Tenochtitlan: el Iztaccíhuatl a la izquierda y el Popocatépetl junto a él un poco más hacia la derecha con las cimas blanqueadas de nieve.
Al norte arriba la constelación del Jaguar, del alacrán (la Osa Mayor) con la estrella fija (Polar) no inquietaba al sabio que sabía de la precesión de los equinoccios, la cuenta de los días con los dos calendarios nahuatl, el llamado Xiuhpohualli, de 365 días, y el Tonalpohualli, de 260 días, de la relación de los astros y los planetas, del xiuhnelpilli o “atado de años” (los 52 años de la conjunción del Sol, la Luna y Venus), pero ahora su zozobra se debía a la aparición de una serie de eventos desafortunados, y que al decir de los sacerdotes del Templo Mayor auguraban malos días.
Hubo, de hecho, varios presagios que asustaban a la gente común y que muchos de los sabios no se explicaban fácilmente:
Primer presagio: en el cielo hubo una llama de fuego grande y resplandeciente que duró un año. Incluso, echaba centellas de sí, era de forma piramidal ancho de abajo y se iba aguzando hacia arriba hasta acabarse en una punta.
Segundo presagio. Por cuenta propia y de manera espontánea, la casa de Huitzilopochtli ardió en llamas. Este sitio era divino, y se le denominaba Tlacatecan o “Casa del mundo”, cuando los sacerdotes intentaron apagarlo con agua, ardió más.
Inic etetl tetzahuitl. El templo de Tzumulco dedicado a Xiuhtecutli recibió un rayo como un golpe del sol y se quemó. Lo raro era que no llovía recio ni se escuchó trueno alguno. Inic nauhtetl tetzahuitl. Cuando aún había sol, cayó un fuego. Salió de donde el Sol se mete, iba derecho hacia a donde sale el Sol, y como si fuera brasa, iba cayendo en lluvia de chispas. Hubo un gran alboroto, como si estuvieran tocando cascabeles.
Inic macuiltetl tetzahuitl. En uno de los lagos que rodeaban a la ciudad, se elevaron grandes olas sin haber ningún viento: “El agua parecía hervir. Las olas llegaron hasta las casas y se destruyeron algunas de ellas. El hecho fue tomado como mal augurio, pues fue muy extraño que el agua se levantara sin haber viento de por medio.”
Sexto presagio. En muchas ocasiones, una mujer lloraba y gritaba por la noche, diciendo:
–“¡Hay, mis hijooooos! ¿Dónde los esconderé?” –, Pero nadie la veía y nadie sabía de ella.
Séptimo presagio. Los cazadores de la laguna cogieron un ave parda del tamaño de una garza grande, la cual tenía un espejo redondo en medio de la cabeza en el que se veían el cielo y las estrellas. Se dice que la segunda vez que el Huey Tlatoani miró el espejo vio mucha gente que venía armada y montada sobre animales.
En esas cavilaciones estaba el sabio, pues el Huey Tlatoani le había pedido responder a estas interrogantes que se hacia el pueblo llano e inclusive algunos gobernantes de todos los Altépetl, cuando sonó la caracola, muy cerca de donde él estaba; un sacerdote la soplaba con fuerza en la cima del templo, hacia los cuatros puntos cardinales antes del amanecer.
El sonido ronco de la caracola se dirigía primero al Oriente; luego de un ligero silencio un segundo sonido tan largo como el primero, dirigido al Norte; el tercer sonido dirigido hacia el Este; en tanto que el último toque de la caracola se hacia al Sur. El disco del sol ya muerde el horizonte, mostrando su faz en rojo claro: Motlauiticac.
Suenan los caracoles anunciando el nuevo día; los sacerdotes levantan sus decapitadas codornices como ofrendas al Señor que nace, y envueltos en el humo del copal que emana de los incensarios, llenos de devoción, misticismo y fervor religioso, exclaman:
—¡Ha salido el sol, el que hace el calor, el niño precioso, águila que asciende!
– ¿cómo seguirá su camino?, ¿cómo hará el día?, ¿acaso algo sucederá en nosotros, su cola, su ala?
—¡Dígnate hacer tu oficio y cumplir con tu misión, señor nuestro!
En pocos minutos se disipó en el Oriente el Señor de la Aurora Tlahuizcalpantecuhtli que precedía a Tonatiuh, el Sol, y la grande y hermosa ciudad de México, Tenochtitlan empezó a resplandecer con su simetría y el color blanco de las casas y templos. Se veían las grandes avenidas, que partían del centro de la gran ciudad, ubicada en una amplia laguna, casi junto al lago de color esmeralda de Texcoco, comunicada con el resto de los pueblos de alrededor del vaso acuífero, por las vías terrestres más amplias, entre ellas las calzadas a Tlacopan y a Tacuba, la calzada a Iztapalapa y Xochimilco, y la calzada al Tepeyacac, que ya se veían atestadas de personas caminando hacia uno y otro lado, y en el lago lleno de garzas blancas, chichicuilotes, gansos y patos entre los tulares, las canoas navegando en los canales acuáticos amplios y limpios de tule y chilacaxtle impulsadas por remos o pértigas empujadas por los macehualli y atestadas de mercancías, que se dirigían a los dos grandes mercados de la ciudad, cuyo comercio estaba en manos de los ricos y valientes pochtecas, una clase privilegiada de espías, comerciantes y empresarios.
Era un orgullo para él, el más humildito, haber contribuido aconsejando a tres Huey Tlatoanis, en el desarrollo de la imponente ciudad, en su arquitectura, en sus templos y avenidas, establecidas en el Ombligo de la Luna, la cabecera del Imperio Azteca, la orgullosa e inexpugnable urbe más importante de Mesoamérica.
Ante esta hermosa vista recordó como una verdad evidente el poema dedicado a la Gran ciudad de México, Tenochtitlan realizado por Itzcóatl:
“Desde donde se posan las águilas,
desde donde se yerguen los tigres,
el Sol es invocado.
Como un escudo que baja,
así se va poniendo el Sol.
En México está cayendo la noche,
la guerra merodea por todas partes,
¡Oh Dador de la vida!
se acerca la guerra.
Orgullosa de sí misma
se levanta la ciudad de México-Tenochtitlan.
Aquí nadie teme la muerte en la guerra.
Ésta es nuestra gloria.
Éste es tu mandato.
¡Oh, Dador de la vida!
¡Tenedlo presente, oh príncipes,
no lo olvidéis!
¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlan?
¿Quien podrá conmover los cimientos del cielo…?
Con nuestras flechas,
con nuestros escudos,
está existiendo la ciudad
¡México-Tenochtitlan subsiste!”
Y efectivamente la ciudad lucía imponente e inexpugnable y de eso se había encargado él, como guerrero, como gobernante, como legislador, como sacerdote, como miembro de la nobleza mexica.
Recordó también lo que dijo el sacerdote Cuauhtlequetzqui, cuando arribaron a la laguna, luego de años de peregrinaje provenientes de Aztlán para fundar la ciudad de México, Tenochtitlan:
“ ¡Id y ved un nopal salvaje. Allí tranquila veréis un águila que está enhiesta devorando una serpiente. Ahí come, ahí se peina las plumas, y con eso quedará contento vuestro corazón… Ahí estaremos y ahí reinaremos!”.
Desde lo alto, el sabio Tlamatinime veía a los pipiltin que se dirigían a las casas de gobierno y el Calmécac mientras los macehuales, los tamemes y mecapaleros se dirigían hacia sus labores comunes; los chinamperos comenzaban a desyerbar sus parcelas y a cosechar sus verduras, los pescadores de pescado blanco, acociles y ahuautle, se dirigían también a los mercados de Tlatelolco y México que desbordaban de mercancías, comerciantes y compradores.
Se vendía en esos tianguis o intercambiaban en trueque, mercancías provenientes de todo el imperio: frijol, calabaza, chilacayote, chayote, papa, camote, guacamote, cuajilote, cuapinole, huachacote, mezquite, nopales, quelites, quintoniles, malva, huauzontle, hongos diversos, inclusive los psilocybes, los hongos alucinógenos.
También se encontraban ahí cacomite, maguey, tomate, jitomate, miltomate, jaltomate, pepitas de calabaza, xonacatl, achiote, xoconostle, y xocoxpichitl, también venados, coyametl, una especie de cerdo del monte.
Comunes en los mercados eran los conejos, liebres, tlacuaches, iguanas, armadillo, tejones, comadrejas, martas, ardillas, nutrias, tlacuaches, mapaches, osos, tapires, y tepezcuintles, guajolotes, faisanes, palomas, codornices, patos, gansos, cisnes, chachalacas, perdices, tórtolas y gallinetas.
También se ofrecían y se compraban ranas, culebras, tortugas, iguanas, lagartos, lagartijas, peces de agua dulces y de mar, hueva de pescado, hueva de hormiga, acociles, camarones de río y de mar, langostas, caracol, huevos de tortuga, y varios moluscos y almejas, gusanos de maguey y otros insectos comestibles.
El chile tostado, la salsa molcajeteada, las tortillas de maíz recién hechas, con la masa del nixtamal molida en metate, las papas cocidas al horno, los platos con acociles, la ensalada de pápalo quelite, los nanahuatzin, los escamoles, los nopales y tunas, huauzontles con chile colorado y acociles, la olorosa vainilla y el xitomatle tostado, inundaban con sus olores esa partes de la ciudad. El caldo de chichicuilote se vendía en casi cada esquina, lo mismo que los tamales de chile verde y rojo con atole de masa sin endulzar, y tamales de masa de elote y miel y de semillas de amaranto.
Los médicos y maracames, brujos y encantadores encontraban en el tianquiztli, medicinas de la farmacopea nahua diversas. La extraordinaria riqueza de la farmacopea mexica causaría años después asombro entre los extranjeros que vinieron a estudiar la flora de México.
En efecto, entre la farmacopea mexica había cerca de cuatro mil plantas medicinales y los médicos mexicas sabían de cada una sus cualidades terapéuticas y los lugares donde crecían.
También los médicos locales utilizaban productos animales como fuente de medicina, lo mismo que minerales y, diversos productos más, hechos por la mano del hombre, para los encantamientos y rituales mágicos.
Había en los mercados resinas olorosas, flores, esencias y aceites, para la parafernalia religiosa, para mostrar el estrato social o para maquillarse, tanto hombres como mujeres, los hombres con la pintura de guerra y las mujeres para resaltar sus belleza.
Vendían también los pochtecas, jade, ónix, obsidiana, malaquita, conchas, instrumento musicales, pieles con pelo, plumas de aves como el quetzal, oro, plata, piedras preciosas, ropa, hilados, zapatos, pieles sin pelo, sal, maíz, legumbres, yerbas aromáticas, vajillas de cerámica, comales, cantaros muebles y muchos productos más.
Se pagaba entre vendedores y compradores en una especie de trueque con oro en polvo, trozos de cobre o semillas de cacao y todo era vigilado por autoridades que miraban y cataban las mercancías, y tres jueces eran asignados para resolver las disputas comerciales que ocasionalmente surgían.
Los guardias del Palacio, hombres robustos, valientes y probados en batallas, muy serios y armados con sus chimallis y sus macuáhuitl especie de macanas reforzadas con filas de navajas de brillante obsidiana, mantenían el orden y la seguridad entre tanto comercio, caminando vigilantes en piquetes de cuatro en cuatro por los grandes tianguis.
Otros orgullosos guerreros mexicas, solamente vigilaban el palacio de gobierno, la casa del Huey Tlatoani, y su seguridad personal con trajes de Hombres Jaguar, y trajes de Hombre Águila, con macuáhuitl, puñal, carcaj con flechas, arco, lanzadera y largas lanzas de punta de pedernal.
Estos, los más distinguidos llevaban bezotes de jade en la nariz y las orejas, altas sandalias con talonera y espinilleras, grebas y pulseras de oro, en antebrazos, tobillos y canillas y algunos iban adornados con tocados altos de plumas de aves preciosas y cascabeles símbolos de su jerarquía militar.
Estos eran los más bravos en la guerra. Cada uno de ellos había capturado, vivos, cuando menos a seis guerreros del ejército oponente. Los Caballeros Águila y los Caballeros Jaguar eran capaces de mantener su postura en cuclillas en estado profundo de concentración por varias horas y de pronto saltar hacia su enemigo y matarlo con un solo golpe de sus manos.
Estos nobles guerreros, eran los responsables del 80 por ciento, sino es que más, de las bajas de los ejércitos enemigos, y por ello sus adornos eran los mas vistosos de todo el ejército mexica.
Arriba de ellos en mando, solo estaban los comandantes de cada uno de los cuarteles (Las casas de las flechas) de México, Tenochtitlan, y arriba de los mandos de los comandantes de cada uno de los cuatro cuarteles, el Tlacatécatl; arriba de este, solo el Cihuacóatl y hasta arriba de la cadena de mando el comandante general, el jefe nato del ejército, el Huey Tlatoani.
Otros grupos de militares, sin ningún adorno solamente con taparrabos, corrían acompasadamente en las vías más transitadas, mostrando el orden al marchar y fortaleciendo su preparación física para estar listos para las guerras floridas.
Estos eran la carne de ofrenda, la tropa, los hijos de los macehuallis, unos cuanto ascenderían en la cadena de mando por hechos de valor demostrados en batalla, pero eran los menos.
La mayoría de ellos serían las víctimas propiciatorias, los prisioneros de los ejércitos enemigos, tomados en las guerras floridas, y serían sacrificados a la deidad de cada pueblo, principalmente a Huitzilopchtli.
También las Guerras Floridas eran un invento de Tlacaélel, para mejor control social del pueblo, para eliminar de los calpullis, a aquellos que se atrevían a dudar de la Historia Oficial, de que el Dios de los mexicas era el único Dios, o que no pagan los tributos, y para tener prisioneros qué sacrificar a su Dios Huitzilopochtli.
Pero un imperio, no se hace con flores sino con sangre, no se hace con poemas y cantos sino con la guerra a muerte contra los enemigos, aquellos que pudieran crecer y convertirse en un obstáculo para el correcto funcionamiento del Estado, del imperio, del gobierno, del Status Quo.
Tlacaélel veía también desde lo alto, a los estudiantes dirigirse al Calmécac donde los nobles, otro invento de él, la nobleza de sangre, se preparaban para las labores más importantes del imperio, contar los tributos, acudir a las embajadas con otras naciones al sur y al norte, escribir lo negro y lo rojo, percutir los atabales, sonar las ocarinas, prepararse para darse un rostro y hablar y dibujar en los códices las tradiciones y la poesía.
El Calmécac era la escuela para los hijos de los nobles de México, Tenochtitlan. En esta institución se les entrenaba para ser sacerdotes, guerreros de la élite, jueces, maestros o gobernantes, educándolos en historia, astronomía y otras ciencias, la medición del tiempo, música y filosofía, religión, hábitos de limpieza, cuestiones de economía y gobierno, y sobre todo, disciplina y valores morales.
Para los mexicas era muy importante que sus gobernantes fueran aptos para los cargos que desempeñaban, que tuvieran la capacidad de tomar buenas decisiones y destacar por sus fuertes convicciones morales.
En el Calmécac los alumnos sufrían diversas pruebas, eran disciplinados, para demostrar su valor y su habilidad militar. A los que fracasaban, se les marcaba y rechazaba socialmente, e inclusive con acuerdo de sus padres, se les mataba para que no deshonraran a su familia.
Desde pequeños se les levantaba en la madrugada para recibir baños de agua fría. Hacían penitencia y autosacrificio, usando espinas de maguey. Ayunaban frecuentemente, hacían oración y practicaban la abstinencia, eran educados, eran instruidos.
Además usaban ropa ligera para desarrollar el control de sus cuerpos contra el frío. Trabajaban duro durante el día enseñados por graves maestros, Tlamacazques y Telpochtlatoques, y pasaban en vela muchas noches en rituales de purificación.
Si se quedaban dormidos o cometían una falta, se les castigaba de forma severa. Todo esto servía para forjar un carácter fuerte y resistente, digno de un noble, y para probar a los que no pudieran desempeñarse en su vida de adultos. La mayoría cumplía con lo que se esperaba de ellos. Pero unos pocos que comían basura e inmundicia eran eliminados.
Otros jóvenes mexicas practicaban el juego de pelota en los estadios, que para el efecto se habían construido por toda la ciudad, acompañados de un gran público, golpeaban la pelota de hule como de tres kilos de pesos, usando la cadera para impulsarla, guarnecidos con protectores de cuero. Este era un juego de orígenes Mayas que se jugaba en todo el imperio.
El Telpochcalli era otro centro en el que se educaba a los jóvenes del pueblo, a partir de los 15 años, para servir a su comunidad y para la guerra. A diferencia de los nobles que asistían al Calmécac, los hijos de los plebeyos, conocidos como macehuallis asistían al Telpochcalli. Estas escuelas para jóvenes se encontraban en cada barrio o calpulli en la periferia.
El mundo mexica se caracterizaba por el cuidado que ponían los gobernantes en el buen funcionamiento de su sistema educativo, principalmente a los hombres, en tanto que las mujeres eran educadas en casa aunque aquellas que destacaban por su inteligencia también eran admitidas en los planteles escolares y podían ser tlacuilas y sabias.
Tlacaélel veía también desde lo alto, a las mujeres que ya vendían sus productos en los mercados, o elaboraban tortillas, o guisaban, tejían huipiles, hacían cerámicas diversas y otras prendas femeninas adornadas con flores y grecas.
Y desde lo alto escuchaba conmovido a una madre cantando casi en susurro la canción de cuna más hermosa del mundo en el idioma más dulce, el idioma Nahuatl que a él su mamá le había cantado de pequeño:
Macochi pitentzin
Manocoxteca pitelontzin
Macochi cochi noxocoyotl.
Manocoxteca noxocoyotzin
Manocoxteca nopitelontzin
Macochi cochi pitentzin
Manocoxteca pitelontzin
Manocoxteca noxocoyotzin
Macochi cochi pitelontzin
Tlacaélel era conciente de que las valientes, inteligentes y hermosas mujeres nahuas eran el otro soporte importante y poderoso del imperio mexica
Pero ahora todo este orden y progreso se podía trastocar, pensaba.
Los agoreros del palacio, astrónomos y sacerdotes no se explicaban los siete presagios que habían acontecido en el imperio y que como humo de chile, habían corrido por toda la ciudad causando lloro y miedo y cimbrando las estructuras de la alta jerarquía gobernante.
Solo los orgullosos militares no sentían ningún temor, lo mismo que los sabios que no creían en agüeros ni mal de ojo, solo regidos por la ciencia que eran su campo y dominio, pero tenían que dar alguna explicación más o menos creíble al pueblo crédulo e ignorante.
La élite gobernante, que había creado el pasado, el presente y trabajaba por el futuro de la comunidad, ente ellas, su cultura, su cosmogonía y la parafernalia religiosa, estaba temblando de miedo de perder sus privilegios, y no en manos de los macehuallis, los esclavos o la peonada, sino con otras élites que venían de otra parte, tal como lo había anunciado en el pasado remoto el Gran Quetzalcóatl.
Así estaba escrito en los códices y en las piedras de los templos, así se cuchicheaba en las tertulias de las mujeres nobles, así se comentaba en la alta burocracia del ejército y el comercio, y así sucedería. Pero no por ahora.
En tanto el pueblo ignorante y pobre, como ocurre siempre en todo tiempo y en todo lugar, nada entendía, nada intuía y solamente sabía que debía levantarse más temprano, acostarse más tarde y trabajar con más ahínco, para pagar los tributos a los sacerdotes, a los militares, a los gobernantes que hablaban mucho y cumplían poco, y dar una parte importante a ganar a los intermediarios, los valientes pochtecas, que ponían el precio a sus productos obtenidos con esfuerzo, con sangre, sudor y lágrimas.
Pero todo esto lo conocía el pipiltin, el astrónomo, el tlacuilo, el co-gobernante, el Cihuacóatl, Tlacaélel, el sabio que estaba viendo el amanecer desde la gran elevación del templo de Huitzilopochtli en la hermosa ciudad de México.
El era el co-gobernante y lo había sido ya de tres Huey Tlatoanis, de los que había sido su asesor principal y el promotor de las reformas que habían desplazado a los antiguos dioses y habían elevado a un principalísimo lugar a uno de ellos: Huitzilopochtli, del que los mexicas era el pueblo elegido para alimentar con sangre su recorrido para que día a día volviera a salir del inframundo, llenando de vigor la tierra, haciendo producir las sementeras, calentando los huesos de los viejos. Este sentimiento fue reforzado por la reforma social y religiosa de él, Tlacaélel, bajo el reinado de los Huey Tlatoanis Izcóatl, Moctezuma Ilhuicamina y Axayácatl.
Este culto dominante de los aztecas con su dios Huitzilopochtli, había desplazado inclusive a los dioses primordiales de la cosmogonía Nahua, la dualidad creadora de los macehuallis de los seres humanos, Tezcatlipoca y Quetzalcóatl.
Era necesaria esta reforma religiosa –les dijo- para poner orden entre tantos dioses que adoraban los pueblos nahuas, y centrar el culto en un solo Dios, Huitzilopochtli, el dios del sol, el dios de la guerra, el dios que guiaba a lo aztecas a su destino manifiesto: poner orden en el caos, y crear un nuevo orden mundial.
¿Qué no había creado, aconsejado, promovido, o realizado Tlacaélel? Consejero de tres Huey tlatoanis (quizá hasta de cinco): Itzcóatl, Moctezuma Ilhuicamina y Axayácatl. Sobrino de Itzcóatl y hermano de Chimalpopoca y de Moctezuma Ilhuicamina, y el autor intelectual de la reforma religiosa, ideológica e histórica más importante en la historia de los mexicas. Suyo era el proyecto de la Alianza Trilateral de Libre Comercio con los otros dos señoríos de Texcoco y los Tecpanecas, suyo era el concepto de las guerras floridas, con los Altepetl de Tlaxcala, Cholula y Huejotzingo, suyo era la entronización del dios de los Mexicas, Huitzilopochtli, y suyo era el concepto de la tira de la Peregrinación o migración, cuyo original histórico había sido quemado por orden suya conjuntamente con otros muchos libros y códices, para escribir una nueva historia más acorde a los intereses de la clase gobernante mexica, impulsando una ideología que los hacía el Pueblo elegido por Dios, un dios sediento de sangre, de sacrificios humanos, que debido a la falta de culto suficiente los había castigado con una fuerte sequía y hambruna por cuatro años y solamente hasta que se le entregaron víctimas en sacrificio ritual, Huitzilopochtli se conmovió con el pueblo mexica y volvió a ordenar las estaciones cálidas y lluviosas y generó abundantes cosechas.
Tlacaélel el sabio, el Cihuacóatl, había tenido que eliminar, mandando asesinar en las Lomas Venatorias a un Huey Tlatoani que no cumplió con las expectativas de la clase gobernante, y de inmediato él dijo a quién se debería elegir en su lugar.
Tlacaélel, el poderoso ministro había sido ya Tlacatécatl, Cihuacóatl y solamente le faltaba ser Huey Tlatoani pero nunca quiso serlo, ¿Para que? ¿Acaso él no había gobernado el imperio a través de los tres Huey Tlatoanis con los que le tocó ser Cihuacóatl?
México, Tenochtitlan y el imperio eran creaciones suyas, la historia que se leía en los códices y que se escribía en ellos, era la que él dictaba a los Tlamatinime, las batallas que se peleaban eran las que él decidía y los dioses que se adoraban y la propia construcción del Templo Mayor eran idea y obras suyas.
Pero ya se acercaba su tiempo de rendir cuentas a los dioses, enfrentar a Mictlantecuhtli pues con casi noventa años de edad ya se sentía cansado aunque satisfecho de la obra realizada, lo único que lamentaba era saber que a su muerte el imperio se precipitaría a su propia destrucción, ya sea por incapacidad o cobardía de los Huey Tlatoanis que se elegirían, o por que tal vez Quetzalcóatl tenía razón y desde alguna parte, en un tiempo ya casi cercano, un pueblo también guerrero, también con un dios tutelar, también con un destino manifiesto, se apoderaría de este extraordinario país y borraría casi toda la obra suya. Pero no ahora. Para ello faltaba aun varios años cuando se vería la destrucción de la invencible ciudad ubicada entre un lago y una laguna, en el Ombligo de la Luna, la capital del único mundo, el Cem Anahuac.
Pero él también había escrito en la piedra y en los códices la frase que años después el ultimo Huey Tlatoani Cuauhtemoctzin diría cuando luego de una cruenta guerra y de una gran epidemia que mató a millones de mexicas y tlatelolcas, sucumbiría el Imperio, que sería arrasado hasta los cimientos y el Templo Mayor borrado del mapa por siglos, pero no para siempre porque él estaba seguro que México se levantaría de sus escombros pues este es el destino manifiesto de esta nación por él creada, pues el creía que mientras el mundo exista no acabará la fama y la gloria de México, Tenochtitlan.
En ese momento el sabio vio que una decena de jóvenes nobles empezaba a subir las escaleras del Templo Mayor para acompañarle en el importante ritual del día en el que él tendría a cargo el mensaje a los guerreros.
Hoy era el día XV de la veintena del Panquetzaliztli (el izado de la bandera) en honor a Huitzilopochtli, este día se renovaban las banderas, escudos y otras insignias militares. Durante estos últimos días de la veintena del Xiupohualli (uno de los dos calendarios mexicas, el otro era el Tonalpohualli), los jóvenes se preparaban para la «guerra de las flores», un simulacro militar celebrado en el Tlachco.
Los sacerdotes ya quemaban incienso hacia los cuatro rumbos y en el centro del tlalli erigían una bandera de guerra con cuatro flechas atadas en cruz, que pertenecería al equipo vencedor.
Ya estaban ahí los pipiltin, y Tlacaélel, el primero entre sus iguales que le tocaba arengar a los participantes, dijo a los príncipes con voz tonante:
– ¿Qué es esto mexicanos? ¿Cómo ha podido llegar a existir cobardía en el pueblo del sol?
–¡Aguardemos, meditemos un momento, busquemos todos juntos un medio para nuestra defensa y honor y no nos entreguemos afrentosamente en manos de nuestros enemigos!.
–¿A dónde iremos? Este es nuestro centro, este es el lugar donde el águila despliega sus alas y destroza a la serpiente, es nuestra nación. ¿Quién no la defenderá? ¿Quién dará reposo a su escudo?
–¡Que resuenen los tambores en el polvo de la contienda anunciando al mundo nuestras voces!
–¡El tiempo de la ignominia y la degradación ha concluido, llegó el tiempo de nuestro orgullo y nuestra gloria, ya se ensancha el árbol florido, flores de guerra abren sus corolas. Ya se extiende la hoguera haciendo hervir la llanura de agua, ya están enhiestas las banderas y en los vientos se escuchan nuestros cantos sagrados!
–¡Que se levante la aurora! ¡ Y sean nuestros pechos murallas de escudos, sean nuestras voluntades lluvia de dardos contra nuestros enemigos!
–¡Que tiemble la tierra y se estremezcan los cielos, los mexicanos han despertado y se yerguen para recuperar su señorío!
¡IN MEXICAYOTL YELIZTLI AIK IXPOLIUZ!
Este sería el último discurso de Tlacaélel, el sabio, el astrónomo, el tlacuilo, el guerrero, el legislador, el ministro, el Tlamatinime, el hombre ejemplar, sabio entre los sabios, valiente entre los valientes, un portento de ciudadano mexicano quien a los poco días moría de muerte natural dejando un imperio consolidado listo para gobernar el mundo, ello si los nobles mexicas elegían con cuidado y aconsejaban bien al que sería su próximo gobernante, en caso contrario el imperio caería estrepitosamente pues como se aconsejaba a los gigantes del Popol Vuh: “no se caiga usted por que quien se cae, se cae para siempre”. Algunos sabios dicen que Tlacaélel no fue al lugar de la eterna oscuridad, al Mictlan sino que fue llevado a Orión de donde vino, el lugar de la luz en el eterno oriente.


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